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El mar se extendía como un espejo infinito, azul y brillante bajo el sol de junio. Carmen bajó la sombrilla, hundió los pies en la arena y suspiró. Después de un año de rutinas, relojes y prisas, había llegado al lugar donde todo se detenía: la playa de siempre, la de su infancia, esa pequeña cala escondida entre pinos y acantilados.
Había venido sola esta vez. Sin hijos que vigilar, sin maletas que cargar, sin planes que cumplir. Solo su toalla, un libro que no pensaba terminar y el rumor constante de las olas, que le hablaban en un idioma antiguo y conocido.
Por las mañanas, caminaba por la orilla recogiendo conchas, con el sombrero volando al viento y la sonrisa de una niña que vuelve a casa. Al mediodía, una cervecita en el chiringuito, donde el camarero ya la llamaba por su nombre y le guardaba su mesa favorita. Por las tardes, se tumbaba bajo la sombrilla a mirar el cielo, sin más tarea que contar las gaviotas.
Cuando llegó el último día, Carmen no quería irse. Se quedó hasta que el sol se escondió detrás del mar, dejando una estela dorada sobre las olas. Antes de marcharse, enterró una nota bajo la arena, justo donde se había sentado cada tarde. Decía: «Volveré. Porque aquí, por fin, aprendí a estar conmigo misma.»